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Un impulso a la construcción colectiva

Anoche, Autismo Málaga me concedió como profesor del Departamento de Teoría e Historia de la Educación, Pedagogia Social y M.I.D.E. de la Universidad de Málaga, el Galardón a la Excelencia para Entidades que se distinguen por el apoyo al autismo en la provincia de Málaga. En la presentación del mismo se destacó el valor de las investigaciones realizadas para avanzar hacia la educación inclusiva, y particularmente los trabajos del movimiento “Quererla es Crearla”.

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Ha sido para mí un motivo de gran alegría, pero también de mucho agradecimiento y orgullo. Trataré de explicarme.

Hace ya bastantes años que me dedico a estudiar, investigar y tratar de transformar la realidad que vive todo el alumnado durante su escolarización. Comencé a hacerlo movido por las desigualdades que había entre mi hermano pequeño y yo en una misma escuela. Entendí que la escuela generaba diferentes experiencias dependiendo de las características de cada estudiante. Comencé entonces un camino que no tenía vuelta atrás, y que se adentraba en el conflicto de cuestionar el aparato escolar y la concepción misma de las diferencias que preside las escuelas. Y uno de los descubrimientos personales más grandes que hice fue entender el valor del saber que generan las familias cuando no se someten a esas concepciones de la educación y las diferencias que dominan buena parte de las prácticas escolares. Esto es algo bastante complejo, ya que las familias a menudo viven con mucho dolor y miedo la experiencia de no ser bien tratadas por las escuelas. Lo viví en la mía, particularmente a través de los ojos de mi madre. Su mirada, la de una mujer que apenas pudo pisar la escuela, me permitió ir reconociendo el valor de sus saberes, construidos en la relación amorosa con mi hermano, que desmontaba incluso las más contundentes “sentencias” de los diagnósticos psicopedagógicos. Comprendí que la escuela me valoraba a mí, mientras deslegitimaba a mi hermano para aprender junto a mí en la escuela del barrio obrero en el que nos criamos. Estos aprendizajes me fueron orientando en las investigaciones, que se iban construyendo con la gente, y no sobre la gente. Si mi madre había conseguido desentrañar aquello, podría seguir construyendo las condiciones para que ese saber amoroso pudiera generar conocimiento valioso. En esa tarea, una joven estudiante nombrada por la discapacidad —Indira Martínez— lo describió muy bien hace unos meses: "en las escuelas hay falta de amor hacia algunas personas”. Entonces, no es suficiente con saber. También hay que generar acciones colectivas que resitúen el problema en lo social, en nuestras relaciones, para poder cambiar la realidad escolar.

Lo que me han enseñado los estudiantes y las familias —también los profesionales de la educación— durante las últimas dos décadas nunca lo podré agradecer suficiente. He tenido la oportunidad de cuestionar continuamente mis propias ideas y construcciones, y sobre todo, desafiar a la normalidad como organizadora de lo que hacemos en las escuelas. Solo así podemos reconstruir una institución que está obligada a servir a toda la infancia, sin excepción. Por eso doy las gracias una y otra vez a las familias, estudiantes y profesionales que me han permitido investigar junto a ellos, y al equipo de investigación de la Universidad de Málaga que ha comprendido el valor de las voces de la ciudadania en la construcción del conocimiento científico y la transformación social.

Por todo ello, este reconocimiento que hacen a mi trabajo y al de mi departamento tiene un valor enorme para mí, porque se trata de familias que se unen para mejorar la realidad de sus hijos e hijas. Son, de nuevo, las familias las que me ayudan e impulsan a continuar el trabajo, consciente de que no es algo solo mío, sino el fruto de la confluencia de saberes, preocupaciones, sufrimientos, alegrías, deseos y esperanzas de mucha gente. Gracias por hacerme sentir parte, por valorar lo realizado y por impulsar más este trabajo comprometido con la gente.

Muchas gracias.

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